Hace cuarenta años nací con un Pong bajo el brazo. En realidad no tuve la videoconsola original de Atari, pero sí una de las muchas clónicas que sacaron otras marcas, aprovechando el éxito del juego de los palitos. Por cierto, si alguien piensa que aquella máquina era un sofisticado sistema de microchips, está muy equivocado. Aquel aparato era un electrodoméstico, de la marca Palson para más señas, con sus condensadores y resistencias, pero con la particularidad de que en vez de secar el pelo o exprimir naranjas, lo conectabas a una televisión y podías jugar.
Como el nombre Pong era de Atari, el resto de empresas bautizaban a sus juegos con otros apodos, sobre todo con el genérico “tenis”, pero en realidad eran lo mismo. El de mi Palson CX 336, por ejemplo, venía en un cartucho de “deportes” y la única diferencia entre el frontón, el tenis y el fútbol estaba en que tuvieras que hacer rebotar la pelotita, no dejar que se saliera de la pantalla o meterla dentro de una portería, según el caso.
